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Es fácil ver el problema estructural de PETROPERÚ. Pero también hay una oportunidad: sentar las bases de un liderazgo técnico, estable y protegido del vaivén político. No se trata de nombres, sino de reglas que aseguren continuidad y visión.
Hay momentos en la vida institucional en los que una organización ya no puede seguir avanzando sin detenerse, mirarse al espejo y preguntarse con honestidad: ¿cómo llegamos hasta aquí? La historia reciente de Petroperú es uno de esos momentos. No se trata solo de cifras en rojo o rebajas crediticias. Se trata de confianza, liderazgo, propósito y —sobre todo— aprendizaje.
La empresa vivió en 2025 uno de los episodios más convulsos de su gobierno corporativo: renuncias simultáneas en el directorio y recomposiciones de emergencia que dejaron al descubierto lo que muchos ya intuían, pero pocos querían verbalizar: la conducción estratégica había perdido rumbo y estabilidad. Ese constante cambiar de manos no solo afectó la continuidad de decisiones; también hirió la credibilidad frente a mercados, trabajadores y ciudadanía.
En el plano financiero, las pérdidas acumuladas, el capital de trabajo negativo y los gastos operativos crecientes mostraron una fragilidad que venía gestándose desde años atrás. La paralización de la unidad Flexicoking en la Refinería de Talara —justo cuando más se necesitaba recuperar eficiencia— profundizó la tensión. Pero de nuevo, más allá del golpe está la lección: sin capacidades técnicas y operativas sólidas, ninguna estrategia financiera funciona. Es momento de reconstruir esas habilidades y recuperar el orgullo de hacer bien las cosas.
Otro aspecto que golpeó con fuerza fue la transparencia. No porque los estados financieros no existieran, sino porque llegaron con alertas sobre la “incertidumbre material” de continuar operando y con observaciones de la Contraloría sobre decisiones que podían comprometer la sostenibilidad de la empresa. La confianza del país no se sostiene con información tardía.
El daño reputacional vino también desde lo ambiental. El Tribunal Constitucional responsabilizó a la empresa por un derrame en Loreto, recordando que el país no solo evalúa cifras, sino la manera en que una organización trata a las comunidades y su territorio. Esa herida reputacional exige reparación auténtica.
Y sí: también estuvo la interferencia política. Cambios abruptos, disputas por nombramientos y mensajes contradictorios sobre rescates financieros llevaron a que la calificación crediticia cayera y se colocara a la empresa bajo vigilancia negativa. La empresa sintió el peso de decisiones tomadas para resolver urgencias, no para sostener un futuro.
Aun así, no todo es deterioro. Las medidas de reestructuración, refinanciación de deuda y recomposición del directorio marcan un punto de inflexión real. El camino es complejo, pero existe.
La situación de Petroperú ha puesto en evidencia fallas estructurales que van más allá de los números. La empresa solo podrá superar su crisis si fortalece el corazón de cualquier organización moderna: un gobierno corporativo sólido, capaz de dar rumbo, disciplina y sentido a su gestión.
Los cambios acelerados en la presidencia y el directorio —con hasta cuatro o cinco rotaciones en pocos meses— han debilitado la continuidad estratégica y la identidad institucional. Superar esta fragilidad exige procesos de selección profesionales, mandatos estables, comités especializados y evaluaciones formales de desempeño. Sin un directorio independiente y técnico, la empresa seguirá expuesta al cortoplacismo.
Las advertencias de auditoría sobre incertidumbre material y la ausencia de información clara frente a ciertos riesgos revelan debilidades en los sistemas de control. Petroperú necesita reportes auditados puntuales, comunicación simple sobre riesgos clave y una rendición de cuentas constante. La transparencia no resuelve todos los problemas, pero es indispensable para recuperar confianza ciudadana y credibilidad de mercado.
La paralización de unidades críticas y los sobrecostos en Talara muestran que la crisis tiene raíces operativas, no solo financieras. Profesionalizar la operación implica rediseñar procesos, invertir en talento técnico y migrar hacia una gestión basada en datos y KPIs. Una petrolera es tan sólida como su operación: sin eficiencia técnica no hay recuperación sostenible.
Las rebajas crediticias y la desconfianza del mercado responden, en parte, a la incertidumbre por intervención estatal y cambios políticos constantes. Petroperú debe establecer reglas explícitas que separen la política pública de la gestión empresarial, con acuerdos de desempeño y procesos de designación blindados institucionalmente. Aislar decisiones técnicas del ciclo político es una cuestión de supervivencia corporativa.
El fallo del Tribunal Constitucional por el derrame del Oleoducto Norperuano recuerda que los errores ambientales dejan marcas profundas en comunidades y territorios. Para reconstruir confianza, Petroperú debe elevar estándares ambientales, someterse a auditorías independientes y fortalecer el trabajo con comunidades nativas.
En síntesis: Petroperú podrá renacer solo si asume estas claves como parte de una transformación profunda. El gobierno corporativo no es un requisito formal: es la base de la sostenibilidad, la eficiencia y la legitimidad pública de una empresa que es estratégica para el país. ¿La oportunidad? Está ahí. Lo que decida hacer con ella marcará su futuro.



