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En un contexto de creciente complejidad regulatoria y demandas sociales por un liderazgo coherente e íntegro, el compliance deja de ser un requisito técnico para convertirse en una palanca de propósito. La cuestión es cómo conectar ética, integridad y estrategia, de modo que el cumplimiento no sea solo un mero enfoque sobre requisitos legales, sino un motor de valor.
El Global Compliance Survey 2025 de PwC revela que el 71% de los ejecutivos prevé transformaciones digitales que requerirán soporte de compliance, prueba de que esta función es clave para acompañar la innovación. A la vez, el Benchmark of Ethical Culture 2024 de LRN muestra que las empresas con culturas sólidas superan en 50% el desempeño de las más débiles, y que la confianza para señalar y reportar aquellos comportamientos contrarios a los valores de la compañía, sin miedo a represalias, es el factor que más fortalece esa cultura. Juntas, estas evidencias confirman que una gestión de ética e integridad bien diseñada impulsa la competitividad y habilita el logro de la estrategia.
Para un compliance con propósito propongo tres ejes:
- 1) Que el propósito corporativo funcione como brújula ética, orientando las decisiones más allá del mínimo legal.
- 2) Que exista una transparencia activa, con reportes claros y mecanismos confiables para atender inquietudes y resolver desviaciones a los principios.
- 3) Que el liderazgo sea ejemplar, con incentivos y evaluaciones que premien la ética e integridad al mismo nivel que los resultados financieros.
Un ejemplo concreto de cómo la gestión de cumplimiento trasciende el ámbito normativo es el Dow Jones Sustainability Index (DJSI), una de las referencias globales más exigentes en materia de gobierno corporativo, ética y sostenibilidad. No se trata solo de cumplir con indicadores, sino de demostrar que la organización cuenta con estructuras sólidas de integridad, canales de denuncia efectivos y políticas que se traduzcan en resultados verificables.
La experiencia de evaluación frente al DJSI deja una lección clara: un sistema de cumplimiento robusto no sólo mitiga riesgos, sino que contribuye directamente a la reputación, al acceso a capital responsable y a la permanencia de la empresa en mercados cada vez más competitivos.
En un entorno donde la confianza es un activo escaso, el compliance con propósito se convierte en un diferenciador estratégico. La pregunta que queda es si nuestras organizaciones están dispuestas a dar ese paso de fondo: pasar de cumplir a trascender.
(forbes.pe)









