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El mundo ya no compite por el petróleo: compite por los minerales. La transición energética ha convertido el cobre, el litio, las tierras raras y otros minerales en el nuevo combustible de la civilización digital, y el Perú noveno país a nivel global en atractivo como proveedor de minerales críticos según el Servicio Geológico de EE.UU. se encuentra en el centro de ese tablero estratégico. Sin embargo, la geología por sí sola no gana la partida, un mineral solo no transforma la economía: la verdadera guerra es la de atraer capital en un entorno donde competidores como Australia, Chile o Argentina ya ofrecen marcos normativos más estables y predecibles. Mientras el Perú debate entre la oportunidad y la parálisis burocrática con proyectos que ahora tardan entre 10 y 15 años en aprobarse, otros países avanzan y se quedan con la inversión.
El valor que se va sin procesar, el Perú genera cerca de 10 millones de toneladas de concentrado de cobre al año, pero el 80% sale del país sin ningún procesamiento, rumbo principalmente a China y otros países asiáticos. Ese flujo no solo representa una pérdida de valor económico directo: dentro de esos concentrados viajan otros contenidos menores de otros minerales, algunas trazas de metales estratégicos como el galio, germanio, entre otros elementos de valor extraordinario usado en superaleaciones para turbinas, semiconductores y cohetes espaciales que se van sin que el país capture nada de su renta. El diagnóstico es claro: el Perú vende materia prima a precio de mercado para que otros fabriquen los productos de alto valor —baterías, teléfonos inteligentes, motores eléctricos— que luego le venden de vuelta al mundo a precios exponencialmente mayores.
Ciencia, política pública y el salto que aún no se da, China no dominó el mercado de minerales críticos y de tierras raras por accidente: lo hizo porque hace más de 30 años invirtió en talento humano (envió al exterior), construyó universidades y centros tecnológicos de excelencia y también admitió los riesgos de pérdidas y hoy cuenta con 39 universidades dedicadas exclusivamente a ese campo. Perú, en contraste, ha visto multiplicar su producción minera más de diez veces en las últimas décadas sin que la inversión en investigación tecnológica haya seguido el mismo ritmo, perpetuando un modelo extractivo de bajo valor agregado. El salto que necesita el sector no es solo de ingeniería —aunque los gemelos digitales, la IA y la conectividad vía Starlink ya están transformando las operaciones— sino de política pública: el país tiene una cartera de 67 proyectos valorizada en más de 64 mil millones de dólares esperando una política minera integral, coherente y que trascienda los ciclos de gobierno para convertir la riqueza del subsuelo en desarrollo real con valor, prosperidad y cadenas de suministro. La minería peruana ha crecido mucho en volumen, pero no en capacidad tecnológica propia, por lo que el país sigue capturando poco valor agregado. La evidencia reciente confirma esa brecha: en Perú el gasto en I+D sigue siendo muy bajo, alrededor de 0.16% del PBI en 2023, muy por debajo del promedio OCDE y también por debajo de estándares regionales más exigentes.
La frase “el valor no está en la materia prima, sino en el conocimiento aplicado” se sostiene muy bien con el contraste entre Perú y países que sí han construido ecosistemas de innovación. En el caso peruano, los estudios citados muestran que la inversión en I+D y la producción científica y tecnológica son inferiores a las de otros países sudamericanos, y que la dependencia tecnológica sigue siendo alta. Además, fuentes académicas y de políticas públicas coinciden en que los incentivos, el financiamiento y la articulación entre empresa, universidad y Estado han sido insuficientes.
Quiero citar un ejemplo, Chile ofrece un ejemplo concreto de cómo la innovación minera se puede escalar desde el sector privado. La Startup Ceibo ha desarrollado tecnologías de lixiviación de sulfuros de baja ley y, tras pruebas de validación, Glencore acordó aplicar esta solución en la mina Lomas Bayas para aumentar la producción de cátodos de cobre y extender la vida útil de una operación de baja ley. Ese caso ilustra que con investigación se puede lograr resultados importantes, utilizando tecnología propia. Por ello, creo que una de las recomendaciones de Paul Mitchel de EY más válidas es, la cooperación regional latinoamericana con intercambio de capacidades, se puede avanzar como una vía relevante para ir cerrando algunas brechas tecnológicas en sectores estratégicos y construir un sólido bloque ante el mercado global.
(energiminas.com)



